Quiero ser una chica normal

Quiero ser una chica normal I

Comparto experiencia vivida. Quizá le sirva a alguien para no pisar el palito, como lo pisé yo!

Posibles títulos: “El afilador y yo”, o “En casa de afilador, infidelidad” o “Cuando estes mal, cuando estés solo, consolate conmigo”, o “Siempre hay una primera vez”, o “mejor reír que llorar”.

Todo comenzó el sábado 11 de julio, en la mejor hora del día: cuando ya desayunaste y todavía estás en pijama vagando por la casa con el día entero por delante. Yo llamaría a este momento (si me permiten los fotógrafos) “la hora mágica”. Fue en ese instante, en que suena el timbre. Estuve a punto de no atender, porque mi fiaca no me lo permitía, pero la curiosidad fue más fuerte:
– ¿Hola?
– ¡Afilador! ?Tiene algo para afilar, señora?
Estem… todo tengo para afilar. Mi abuelo es afilador, pero siempre me olvido de llevarle todos los cubiertos, así que no me vendría mal que las tijeras y cuchillos vuelvan a cortar, pensé para mis adentros.
– ¿Cuánto cuesta?
– 10 pesos la afilada.
¡Qué barato! Me dije. Pero como todavía estaba saboreando mi mañana le dije:
– Mirá, en este momento estoy muy ocupada, pero si pasás en un rato te bajo algunas cosas.
– Dale, ¡paso en una hora!
Hora de almorzar. Suena el timbre.
-¡El afilador! le dije a mi marido- Uh, le pedí que pase en un rato pero ahora no quiero bajar, se nos va a enfriar la comida.
– ¿Cómo no lo vas a atender? Decile que no querés y listo.
El timbre seguía sonando insistentemente.
-No es que no quiero. No lo quiero atender ahora… pero sí quiero que nos afile algunas cosas.
Marcos se para y atiende.
– ¿Puede pasar en otro momento? Gracias.
Lunes por la mañana, suena el timbre. Atiendo. Es el afilador, pero estaba ocupada y no quise bajar. Le dije que me disculpe y que pase en otro momento. Martes a la mañana, suena el timbre, atiendo con miedo. El afilador. Otra vez estaba ocupada. Le volví a pedir disculpas y le pedí que pase otro día. Miércoles a la mañana, suena el timbre. “Seguro es él”, pensé. No atendí. Jueves a la misma hora suena el timbre otra vez, miedo, no atendí. Viernes timbre. Mucho miedo. No atiendí. Sábado 18 de julio, ¡timbre! Ya no estaba sola. Marido, persona que se sabe comportar en la vida, estaba en casa. Naturalmente se dirige a atender. Me avalanzo sobre él.
-No atiendas, ¡es el afilador!
-¿Y cuál es el problema?
– No lo quiero atender!
– Bren, madaurá, hacete cargo, vos le dijiste que venga. Atendelo.
– Es que es re barato, me da pena decirle que no. Sale 10 pesos la afilada, pero siempre cae en un mal momento.
– Bueno, bajo yo.
En el apurón entre los dos agarramos un cuchillo y dos tijeras, total, 30 pesos no nos cambian la economía. Marcos baja y yo preparo el almuerzo. Marcos tarda, yo espero. Marcos Sube pálido.
– No me alcanza. Necesito más plata. ¡Son $660!
– Pero me dijo 10 pesos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Cómo $660???????????
– Entendiste mal, $110, y como también le hizo pulido sale $220 cada uno!
– Marcos, es un ladrón!!!!! Cuánto le pagaste????????????
– $350!
Bajo indignada decidida a recuperar mi dinero. Lo veo parado en la puerta con su bici guardando mis $350.
– !Me dijiste $10!
– No, $110. Me debes $310.
– Sos un ladrón.
– Encima que me hiciste venir 15 veces, ahora no me querés pagar. No te afilo nunca más nada.
Afilador (se ve que le dí miedo) guarda sus cosas y se sube a su bici.
– ¡Obvio que no me vas a afilar nunca más nada!
Observo como se va, tratando de recordar la patente de su bici, o algo para denunciarlo. No pude. Subo a mi casa. Marido no estaba contento. Yo indignada. Almuerzamos en silencio. Las tijeras afiladas sobre la mesa.
– Mi amor, vamos a amortizar este gasto. Te voy a cortar el pelo hasta que te quedes pelado, le dije para aflojar un poco. Marido no responde. Mejor no le cuento lo que me pasó con el de 365 de Clarín, me dije. Otro hombre que me está acosando telefónicamente para que contrate una tarjeta desde hace cinco días porque yo le dije “me interesa, me llamarías mañana?”, razón por la cual desde hace cinco días que tampoco atiendo el teléfono. Espero que no suene ahora porque esto no termina bien….
Creo que me hicieron el cuento del tío, pensé para mis adentros. Pero lo peor de todo, es que desde ese día no puedo dejar de pensar todo lo que podría haber hecho con esos $350. La lista se extiende minuto a minuto: Tres viajes en taxi, delivery de helado, un par de calzas, peluquería y baño de keratina, donarlo a los que menos tienen, una compra en el Día, tres pizzas, media entrada para una obra de teatro comercial, un sweatercito, dos libros, un gorrito de lana, una recarga inolvidable de la tarjeta sube, pantuflas (tiré las que tenía), una buena bufanda….
Moraleja: Antes de pagar, preguntá; si suena el timbre, atendé y decí “no gracias” y si te querés comprar algo, comprátelo, no sea cosa que después te quedes sin plata porque caiste en “el cuento del tío”.

 


 

Quiero ser una chica normal II:
Cosas que te pasan si sos de libra: dudar desde que naces hasta tus últimos dias. Y si a eso le sumas el karma de calzar 39 y medio, tu vida será complicada. Si te llevas zapatos 39 te quedan ajustaditos y cada vez que los uses pensaras si aun podrás cambiarlos (lustrando un poco la suela). Pero si compras 40 te quedan flojitos y vivirás con la ilusión de que te siga creciendo el pie. Podría pasarme un día entero en una zapatería caminando el 39 y el 40 sin poder tomar una desicion, con la esperanza de que el vendedor o quien visite el local decida x mi. Ayer por vez numero 1000 le hice caso al vendedor y lleve talle 40 porque “el charol
No cede”. Esta terminando el invierno y seguía sin poder decidirme. Hoy estoy buscando medias bien gruesas para usarlos y con la sensación de que me estoy deformando la columna vertebral. Que difícil la vida…


Quiero ser una chica normal III
Normal para mí sería: Hacer algo normal, como por ejemplo, ir a pagar el alquiler, y no dejar la tarjeta olvidada en el cajero y darme cuenta 15 minutos después, mientras pago el alquiler. Normal sería ir caminando al cajero (sabiendo que sin la clave no se puede retirar $$) en lugar de hacerme una bomba de humo en la inmobiliaria, correr 5 cuadras por Belgrano con taquicardia, con el peor pantalón de yogin que se fabricó en la historia, con el cabello en su peor momento, pensando, “Si me encuentro a alguien conocido me muero”, “yo me merezco que me pase esto, por ser tan cabeza de chorlito”, “podría ser maratonista, que rápido que corro” mientras me choco con la gente como si se estuvieran cayendo las torres gemelas detrás mío. Normal sería llegar al cajero y preguntarle al muchacho de seguridad si alguien le dió la tarjeta olvidada en lugar de hablarle como si me hubieran robado un millón de libras. Normal para mí sería recibir la tarjeta ( que por suerte tenía el de seguridad) e irte tranquilita a tu casa, en lugar de ponerte a llorar como una niña y tener deseos de abrazar al buen hombre (porque te acaba de salvar la vida) y querer pedirle que te acompañe a tu hogar porque del shock no podés caminar. Normal sería volver a la inmobiliaria y llevarte todo lo que dejaste tirado en un escritorio cuando desfondaste tu cartera buscando la tarjeta, en lugar de llamar desde tu casa diciendo que quedaste muy estresada y necesitabas recuperarte y pedirle que te guarde “tus cositas”…


Quiero ser normal IV:
Tener antojo de soda. Cumplirlo y de paso comprar verdura en el Chino. Abrir la puerta del edificio con dificultad por la cantidad de bolsas. Saborear las burbujas mientras subo las escaleras. El sifón que se suicida. Yo que corro a rescatarlo. El sifón que explota en el palier y como un matafuego descontrolado moja a troche y moche. Tirar las bolsas. Intentar calmar la furia del sifón con mis dedos. No lograrlo. La verdura que se suma al carnaval surgido en el palier. Yo empapada. El palier convertido en una pileta. No encontrar las llaves del edificio para sacar a la fiera. Una niña que me mira horrorizada desde afuera. Yo que la miro pidiendo ayuda. Encontrar las llaves. Sacar al objeto (ya calmado) sin poder mirarlo. Caminar unos metros intendando que no me vean con el culpable de la debacle. Volver al edificio. Los vecinos horrorizados intentando no pisar los charcos de agua. Dudar si avisarle al encagado o huir como rata por tirante. Elegir enfrentar. Golpear la puerta de porteria deseando que el encargado no esté. No está. Recolectar las verduras pasadas por agua. Yo sin soda.
That’s my life.

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